| "La pieza", de Miguel Avero. Ed. Walkie Talkie, 2016. |
domingo, 18 de junio de 2017
"La pieza", de Miguel Avero
A través de un camino pequeño entre la sombra, un haz de luz filoso y marcado, dorado sobre gris, nos vamos metiendo en "La pieza", de Miguel Avero. Un poemario sencillo, doloroso e íntimo que muestra al autor con una forma segura de acertar las palabras en el casillero justo para que formen una serie de poemas que sorprenden por lo cuidado de sus finas elecciones. Entre los tópicos medievales y el aire cotidiano que pareciera heredado de algunos poetas uruguayos como Circe Maia, Avero consigue la musicalidad del pensamiento, la rutinaria tristeza de la puerta adentro con musical intimidad. Una hendija por la cual revisamos la cama, los libros, los pensamientos, el ocio de un yo que no abre del todo la puerta, pero deja que lo miren, que sus versos sean espiados. "La pieza", de Miguel Avero, es un poemario bello de gran esgrima literaria cuidada, sentimental deporte del verso entre sábanas, el sol, despertar.
domingo, 11 de junio de 2017
"Éste es el mar", de Mariana Enríquez
La damita oscura de la literatura argentina deja un poco de lado su lapicera del terror/terror, para meternos en otro mundo. Nada que no haya transitado en otros cuentos y novelas, de todas formas. Sin embargo lo hace de una manera más profunda, aunque también más sútil. No van a faltar, sin embargo, muertes, fantasmas internos, elementos de lo fantástico.
"Éste es el mar" es una novelita corta, que, en alguno de sus procesos narrativos tiene la estética de cuento alargado. Si bien la autora retoma el tópico del fanatismo brutal de lxs adolescentes ya puesto (aunque más macabro) en su cuento "Carne", aquí ese tema va por otros carriles, es accesorio útil para la misión de la protagonista, Helena, un hada que tiene como misión convertir a James, el líder de la banda Fallen, en leyenda, tal como sus compañeras hicieron con Lennon, Cobain, Morrison, etc. Estas hadas, que difieren mucho del ideal adolescente al respecto, se alimentan de la muerte de estos posibles dioses, esos ídolos que mueren en aquel momento justo que los paraliza para siempre en la historia como íconos inamovibles.
Aparece además, el talento, no cualquier muerto puede ser legendario. Helena tiene que ayudar a James antes de su conversión a estrella (su muerte mítica) ya que las canciones que escribe son horribles.
Enríquez introduce algunos códigos del pop, los mezcla con elementos fantásticos y macabros, aparece la sensualidad, la importancia de lo bello, la estética del arte, del cuerpo, del misterio que crea a las estrellas que seguimos y que seguiremos ad eternum.
| "Éste es el mar", de Mariana Enríquez. Literatura Random House. 2017 |
sábado, 10 de junio de 2017
"Muñeca", de Marcela Matta
Nota escrita en 2015 para el portal "La Mirada" y para el semanario "Helvecia"
Marcela Matta nos
tira sobre la mesa, a través de la Editorial Yaugurú su primer
libro de poemas. De inmediato, al abrirlo uno se encuentra con una
serie de versos contundentes, femeninos, sensualmente dolorosos, que
marcan el tono de lo que será el resto del camino a través de sus
letras. Al leer ese primer poema titulado “La Muñeca” uno se cae
de la primera página con esta sentencia: “vos sabés,/ que me
rompiste”, así nos encontramos con la voz poética del libro.
Dueña de una
justeza envidiable y necesaria, Matta nos propone un poemario formado
por textos cortos pero severos, inocentemente destructivos,
filosamente íntimos. Así, entonces el lector podrá despojarse de
la necesidad de soportar extensísimas y superfluas reflexiones
poéticas que llevan a una imagen trillada. “Muñeca” propone
imágenes cotidianas, sí, pero sinceras, honestas. A la literatura
de hoy pareciera molestarle la honestidad, y este libro le da una
patada a todo eso con seductor desparpajo: “Amo, con este amor de
puta pues lo soy/ y te llevo al infierno de la noche/ y te enfrento a
tus miedos extremos/ y pongo allí sobre tu cama tu mayor fantasía/
y te escribo un poema”, dice la voz lírica que propone la autora
en el “Poema malo”.
Los poemas que
componen “Muñeca” están atados a la intimidad, como si se
tratara de una poesía escrita dentro de los límites de la cama, con
un “tu” y un “yo” muy definidos, cercanos, enredados en la
voz poética: “El día me desnuda de vos/ y qué extraño atuendo
el cotidiano/ esperando tu seda (…) qué alivio comprobar/ que he
encontrado en tu piel/ mi mejor vestido”.
La autora maneja
una esgrima del verso que por momentos recuerda a la poesía de Julia
Prilutzky Farny (quien dijera cosas como “Cómo decir de pronto:/
tómame entre las manos,/ No me dejes caer. Te necesito:/acepta este
milagro”) con su erótica inocencia, su tristeza íntima: “y me
pesa el abrazo/ como una valija de migrañas…” dice la autora en
“Viernes”.
“Muñeca” se
presenta como un libro de poemas amorosos pero de medida frialdad,
desgarrador y mesurado al mismo tiempo, contradictoriamente bello en
un oxímoron de tibia pasionalidad, de cuidadoso desgarro: “Yo soy
culpable,/ de romper sin reparos y ex profeso/ el frágil, primoroso/
cristal de mi inocencia…”.
La urbanidad
dentro de la casa, la “putez” dulce, el verso amorosamente
asesino (“…ya no precisamos/ el cuerpo, el alma,/ ya no nos
amamos…”) hacen un celebrable debut para Marcela Matta que deja
en nuestros brazos esta muñeca como un libro-hembra bello, con una
sencillez impúdica.
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| "Muñeca", de Marcela Matta. Ed. Yaugurú. 2015. |
domingo, 28 de mayo de 2017
"El motel del voyeur", de Gay Talese
No estoy seguro de
que “El motel del voyeur” de Gay Talese merezca demasiados
comentarios. Se trata de una novela perteneciente al género “no
ficción” acerca de un personaje que le escribe al autor acerca de
un secreto perverso e íntimo; es voyeur. De hecho a construido un
par de moteles que, detrás del negocio, esconden su forma de vivir la
sexualidad. Si bien es un secreto que comparte con su esposa, hasta
el momento en que el envía la primera carta a Talese, que es la que
desencadena el cuerpo de la novela a través de un diario de
voyeurismo, es algo que no había confiado a nadie. El autor conoce
al personaje, al lugar, se hace de ese diario de a poco, muestra
documentos de sus protagonistas.
Teniendo en cuenta
que el autor pertenece a la generacion de Capotte y de Wolfe, que
inaugura, de alguna manera, el concepto de “nuevo periodismo” y
que éstos son de los pioneros en el género junto al rioplatense
Rodolfo Walsh, el libro, que posee un cambio de registro entre lo
narrado por el autor, el diario, y algunas fuentes más sobre
voyeurismo, tiene una trama que se vuelve enlentecedora, que da
demasiados detalles del asunto, que lo hace monótono, que no explota
del todo el atractivo del título y del tema y que, recién pasada la
mitad del libro, guarda alguna sorpresa, no resulta la bomba que,
pareciera, Alfaguara pretendió tirar sobre el panorama literario.
De todas maneras me
pregunto por el concepto de “ficción” de “autoficción”, de
“no ficción”, especialmnte sobre estos dos últimos que parecen
estar tan en la palestra.
¿Asistimos a la
muerte de la ficción? ¿se volvió indiferente aquello de crear una
historia sin que importara su trasfondo autobiográfico? De alguna
manera, todo aquello en el mismo plano una vez que todo lo escrito,
podemos decir, se vuelve ficción, pero se trata de un fenómeno
editorial o literario, o ambos, el hecho de que lo que más se edite
últimamente tenga que ver con el diario, la crónica, la “non
fiction”, lo histórico, ¿ha llegado el hombre a desconocerse y
necesita que le revelen lo real? ¿se ha vuelto el lector un voyeur del autor?
¿o siempre lo fue? ¿la “autoficción” desmedida de hoy tiene
que ver con una era narcisista, masturbadora del ego? Son preguntas
que caprichosamente me hice a partir de la lectura del libro y de
tantas que en el último tiempo he venido realizando. En fin,
tendremos que seguir esperando a ver si esto se sostiene, si es el
nuevo modo de la escritura, cómo siguen fusionándose texto y autor.
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| "El motel del voyeur", Gay Talese. Alfaguara.2017 |
jueves, 25 de mayo de 2017
"El mismo río", de Jorge Castro Vega
Un libro que se lee
de un tirón, como un flash poético, pero no con violencia, sino
como una aguja delicada de versos que van hilando e ilando los poemas
que conforman “El mismo río” de Jorge Castro Vega”. Y si bien,
como digo, es un libro que me devoré en un viaje interdepartamental,
ya a los pocos minutos necesité releerlo. Es que esas suaves
cachetadas provocan un pensamiento similar a la necesidad de
comprobar si uno leyó bien, porque la sensualidad de cada uno de los
textos es tan placentera como compleja, y vuelvo al tópico manido de
la complejidad de lo simple, pequeños retazos de un libro que en su
forma de decir, en su sonoridad de flauta traversa en lo oscuro,
esconden justamente eso, una posibilidad de misterio producto de un
lápiz en mano de alguien que sabe cómo, qué y por qué se dice.
Esta última obra de Castro Vega es el reconfortante encuentro con
uno de esos poetas que han cuidado mucho los centímetros a los que
decidieron ponerle lengua. Siguiendo con mis (no tan) caprichosas
alegorías musicales, aquí no suena un acorde de guitarra, aquí
suena una sola nota, pero bien vestida.
El libro, dividido
en varias partes, con citas que marcan momentos, temas y tonos, y que
van desde Ángel González a Ezra Pound, tiene un mirarse adentro de
intimidad que, sin embargo, no es un mirarse el ombligo, es un mirar
a los oros, en los sonidos que uno guarda. Qué pinchacito placentero
dan estos poemas breves, que tranquilidad ésta de ese mismo río.
Hay que meterse al río que versea Jorge Castro Vega, está tibio,
mansito y refresca los huesos musicales de cada uno.
| "El mismo río", de Jorge Castro Vega. Ed. Yaugurú 2017 |
martes, 16 de mayo de 2017
"Poemas de la pija", Martín Uruguay Martínez
Sin duda guiados por el contundente título de este poemario, muchas de las lecturas del texto se han basado, quizá pura y exclusivamente, en una de las tantas líneas que el gesto de su publicación implica. Pero releyendo el libro de Martín Uruguay Martínez, pienso que no deba ser tomado necesariamente como una colección de textos poéticos (ensayísticos incluso) que basen su eje central en una sexualidad desaforada o en un lenguaje soez, ni siquiera en un desbocamiento del instinto. No se trata aquí de lo punk por la lengua plagada de puteadas o de imágenes trash que signifiquen una pija. Creo que, leerlo por ese lado, o exclusivamente por ese lado, sería un fracaso.
"Poemas de la pija" implica una deconstrucción de la patria, una destrucción del anquilosado concepto del "ser" uruguayo. No se trata de un libro obsceno por el sexo, se trata de un libro obsceno por tirar un balazo en medio de una plaza de mansas palomas para que vuelen de una puta vez. Todo aquello que la tradición uruguaya, esa superstición de la garra charrúa, creyó intocable, es, en los versos de Martínez, pasado por la picadora de carne; la música, la poesía, la política, lo mediático. Se trata de una lírica que le revuelve la cabeza al jubilado, que le pone pastillas al té de la abuela. Es un modo de derribar la tradición, pero no exactamente sobre una estética del desengaño, sino un vislumbramiento de que habrá otro "país" diferente, cagado a golpes, claro, humano (con pija, con mierda, con semen, con belleza), nuevo. El libro habrá de ir degollando, largará un vómito punk, pero detrás de todo, se saca un antifaz y dice: "bueno, listo, ahora sí, empecemos". Detrás de un juego muy logrado para gritar que el rey (y que todos) estamos en pelotas de una manera necesaria y violenta, hay en los poemas unos intersticios que dejan ver una belleza tenebrosa, esos fragmentos en cada poema funcionan como la ranura por la que habrá de saltar a pura fuerza, el color, lo otro, el brillo de un espejo donde mirarnos y ver que queremos ser otros. La poesía que todo lo mejora, incluso a sopapos.
"Poemas de la pija" implica una deconstrucción de la patria, una destrucción del anquilosado concepto del "ser" uruguayo. No se trata de un libro obsceno por el sexo, se trata de un libro obsceno por tirar un balazo en medio de una plaza de mansas palomas para que vuelen de una puta vez. Todo aquello que la tradición uruguaya, esa superstición de la garra charrúa, creyó intocable, es, en los versos de Martínez, pasado por la picadora de carne; la música, la poesía, la política, lo mediático. Se trata de una lírica que le revuelve la cabeza al jubilado, que le pone pastillas al té de la abuela. Es un modo de derribar la tradición, pero no exactamente sobre una estética del desengaño, sino un vislumbramiento de que habrá otro "país" diferente, cagado a golpes, claro, humano (con pija, con mierda, con semen, con belleza), nuevo. El libro habrá de ir degollando, largará un vómito punk, pero detrás de todo, se saca un antifaz y dice: "bueno, listo, ahora sí, empecemos". Detrás de un juego muy logrado para gritar que el rey (y que todos) estamos en pelotas de una manera necesaria y violenta, hay en los poemas unos intersticios que dejan ver una belleza tenebrosa, esos fragmentos en cada poema funcionan como la ranura por la que habrá de saltar a pura fuerza, el color, lo otro, el brillo de un espejo donde mirarnos y ver que queremos ser otros. La poesía que todo lo mejora, incluso a sopapos.
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| "Poemas de la pija", de Martín Uruguay Martínez. Ed. Pingüino Down. 2016 |
sábado, 22 de abril de 2017
"Metástasis", de Nelson Díaz
Esperé casi un año por esta novela que viene a completar el proyecto "Terminal Moebius". "Metástasis", la novela de Nelson Díaz es la tercera de una serie que se inicia con "Corporación Medusa" y que sigue con "Resaca" en una suerte de trilogía que bien puede leerse en orden y desorden, independiente o no. Es que toda la narrativa de Díaz se trata de un enorme experimento que juega consigo y con el lector.
Esta vez, Roger, nuestro querido protagonista, reencuentra algunos de los elementos perdidos en la anterior novela, quizá no esté tan solo, todavía le queda la presencia o el recuerdo de algunos de sus compañeros, los Perros Terrestres, esa banda disiente de los dogmas de La Corporación, una entidad manejada por Su Excelencia, un personaje que nunca da la cara, pero que decreta toques de queda y lemas que habrán cumplirse a rajatabla gracias a su fuerza de choque, los Largactiles. Esta vez, el mundo construido en la novela está más decadente que nunca, más marchito, mas en el horno. A la locura de cada uno de los personajes, a la pasividad controlada de los "chupamates" que habitan "Monolandia", se suman los ñeris, los suicidios, las arremetidas del colectivo Ovejas Negras, la incompetencia del Inspector Bengoa (un personaje levreriano), y el asesinato de travestis que llevan, como firma, dejar en los cadáveres una careta de Cris Namús.
El mundo personal de Roger, también está en crisis, recuerda la pérdida y el asesinato no resuelto de Paula, su ex novia, la presencia cada vez más fuerte a nivel social de su psiquiatra Faustroll, su locura.
"Metástasis" profundiza el juego de puzzle que planteara "Resaca" y, como en la anterior, las fotos, los afiches, los dibujos forman parte del lenguaje para leer la novela, los discursos cambian, los colores del texto, los registros que van desde los artículos delirantes de Vico (un personaje salido de La Diaria), y las meditaciones en torno a Bengoa. Como arte, un enorme trabajo de la Editorial Yaugurú. La novela juega con ser objeto, también.
"Metástasis" es un respiro ficcional, en medio de tanto autobombo literario donde todos contamos nuestra autovida. Una gran novela entre Burroughs y Polleri, entre Patti Smith y Darnauchans, que llega a ser muy Díaz. Se trata del final incierto de una sólida trilogía y cargada como es "Terminal Moebius". O el inicio. O el fin. O el inicio. O el fin. O el inicio.
Esta vez, Roger, nuestro querido protagonista, reencuentra algunos de los elementos perdidos en la anterior novela, quizá no esté tan solo, todavía le queda la presencia o el recuerdo de algunos de sus compañeros, los Perros Terrestres, esa banda disiente de los dogmas de La Corporación, una entidad manejada por Su Excelencia, un personaje que nunca da la cara, pero que decreta toques de queda y lemas que habrán cumplirse a rajatabla gracias a su fuerza de choque, los Largactiles. Esta vez, el mundo construido en la novela está más decadente que nunca, más marchito, mas en el horno. A la locura de cada uno de los personajes, a la pasividad controlada de los "chupamates" que habitan "Monolandia", se suman los ñeris, los suicidios, las arremetidas del colectivo Ovejas Negras, la incompetencia del Inspector Bengoa (un personaje levreriano), y el asesinato de travestis que llevan, como firma, dejar en los cadáveres una careta de Cris Namús.
El mundo personal de Roger, también está en crisis, recuerda la pérdida y el asesinato no resuelto de Paula, su ex novia, la presencia cada vez más fuerte a nivel social de su psiquiatra Faustroll, su locura.
"Metástasis" profundiza el juego de puzzle que planteara "Resaca" y, como en la anterior, las fotos, los afiches, los dibujos forman parte del lenguaje para leer la novela, los discursos cambian, los colores del texto, los registros que van desde los artículos delirantes de Vico (un personaje salido de La Diaria), y las meditaciones en torno a Bengoa. Como arte, un enorme trabajo de la Editorial Yaugurú. La novela juega con ser objeto, también.
"Metástasis" es un respiro ficcional, en medio de tanto autobombo literario donde todos contamos nuestra autovida. Una gran novela entre Burroughs y Polleri, entre Patti Smith y Darnauchans, que llega a ser muy Díaz. Se trata del final incierto de una sólida trilogía y cargada como es "Terminal Moebius". O el inicio. O el fin. O el inicio. O el fin. O el inicio.
| "Metástasis", de Nelson Díaz. Ed. Yaugurú. 2017. |
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