domingo, 28 de mayo de 2017

"El motel del voyeur", de Gay Talese

No estoy seguro de que “El motel del voyeur” de Gay Talese merezca demasiados comentarios. Se trata de una novela perteneciente al género “no ficción” acerca de un personaje que le escribe al autor acerca de un secreto perverso e íntimo; es voyeur. De hecho a construido un par de moteles que, detrás del negocio, esconden su forma de vivir la sexualidad. Si bien es un secreto que comparte con su esposa, hasta el momento en que el envía la primera carta a Talese, que es la que desencadena el cuerpo de la novela a través de un diario de voyeurismo, es algo que no había confiado a nadie. El autor conoce al personaje, al lugar, se hace de ese diario de a poco, muestra documentos de sus protagonistas.
Teniendo en cuenta que el autor pertenece a la generacion de Capotte y de Wolfe, que inaugura, de alguna manera, el concepto de “nuevo periodismo” y que éstos son de los pioneros en el género junto al rioplatense Rodolfo Walsh, el libro, que posee un cambio de registro entre lo narrado por el autor, el diario, y algunas fuentes más sobre voyeurismo, tiene una trama que se vuelve enlentecedora, que da demasiados detalles del asunto, que lo hace monótono, que no explota del todo el atractivo del título y del tema y que, recién pasada la mitad del libro, guarda alguna sorpresa, no resulta la bomba que, pareciera, Alfaguara pretendió tirar sobre el panorama literario.
De todas maneras me pregunto por el concepto de “ficción” de “autoficción”, de “no ficción”, especialmnte sobre estos dos últimos que parecen estar tan en la palestra.
¿Asistimos a la muerte de la ficción? ¿se volvió indiferente aquello de crear una historia sin que importara su trasfondo autobiográfico? De alguna manera, todo aquello en el mismo plano una vez que todo lo escrito, podemos decir, se vuelve ficción, pero se trata de un fenómeno editorial o literario, o ambos, el hecho de que lo que más se edite últimamente tenga que ver con el diario, la crónica, la “non fiction”, lo histórico, ¿ha llegado el hombre a desconocerse y necesita que le revelen lo real? ¿se ha vuelto el lector un voyeur del autor? ¿o siempre lo fue? ¿la “autoficción” desmedida de hoy tiene que ver con una era narcisista, masturbadora del ego? Son preguntas que caprichosamente me hice a partir de la lectura del libro y de tantas que en el último tiempo he venido realizando. En fin, tendremos que seguir esperando a ver si esto se sostiene, si es el nuevo modo de la escritura, cómo siguen fusionándose texto y autor. 

"El motel del voyeur", Gay Talese. Alfaguara.2017

jueves, 25 de mayo de 2017

"El mismo río", de Jorge Castro Vega

Un libro que se lee de un tirón, como un flash poético, pero no con violencia, sino como una aguja delicada de versos que van hilando e ilando los poemas que conforman “El mismo río” de Jorge Castro Vega”. Y si bien, como digo, es un libro que me devoré en un viaje interdepartamental, ya a los pocos minutos necesité releerlo. Es que esas suaves cachetadas provocan un pensamiento similar a la necesidad de comprobar si uno leyó bien, porque la sensualidad de cada uno de los textos es tan placentera como compleja, y vuelvo al tópico manido de la complejidad de lo simple, pequeños retazos de un libro que en su forma de decir, en su sonoridad de flauta traversa en lo oscuro, esconden justamente eso, una posibilidad de misterio producto de un lápiz en mano de alguien que sabe cómo, qué y por qué se dice. Esta última obra de Castro Vega es el reconfortante encuentro con uno de esos poetas que han cuidado mucho los centímetros a los que decidieron ponerle lengua. Siguiendo con mis (no tan) caprichosas alegorías musicales, aquí no suena un acorde de guitarra, aquí suena una sola nota, pero bien vestida.
El libro, dividido en varias partes, con citas que marcan momentos, temas y tonos, y que van desde Ángel González a Ezra Pound, tiene un mirarse adentro de intimidad que, sin embargo, no es un mirarse el ombligo, es un mirar a los oros, en los sonidos que uno guarda. Qué pinchacito placentero dan estos poemas breves, que tranquilidad ésta de ese mismo río. Hay que meterse al río que versea Jorge Castro Vega, está tibio, mansito y refresca los huesos musicales de cada uno.  

"El mismo río", de Jorge Castro Vega. Ed. Yaugurú 2017

martes, 16 de mayo de 2017

"Poemas de la pija", Martín Uruguay Martínez

Sin duda guiados por el contundente título de este poemario, muchas de las lecturas del texto se han basado, quizá pura y exclusivamente, en una de las tantas líneas que el gesto de su publicación implica. Pero releyendo el libro de Martín Uruguay Martínez, pienso que no deba ser tomado necesariamente como una colección de textos poéticos (ensayísticos incluso) que basen su eje central en una sexualidad desaforada o en un lenguaje soez, ni siquiera en un desbocamiento del instinto. No se trata aquí de lo punk por la lengua plagada de puteadas o de imágenes trash que signifiquen una pija. Creo que, leerlo por ese lado, o exclusivamente por ese lado, sería un fracaso.
"Poemas de la pija" implica una deconstrucción de la patria, una destrucción del anquilosado concepto del "ser" uruguayo. No se trata de un libro obsceno por el sexo, se trata de un libro obsceno por tirar un balazo en medio de una plaza de mansas palomas para que vuelen de una puta vez. Todo aquello que la tradición uruguaya, esa superstición de la garra charrúa, creyó intocable, es, en los versos de Martínez, pasado por la picadora de carne; la música, la poesía, la política, lo mediático. Se trata de una lírica que le revuelve la cabeza al jubilado, que le pone pastillas al té de la abuela. Es un modo de derribar la tradición, pero no exactamente sobre una estética del desengaño, sino un vislumbramiento de que habrá otro "país" diferente, cagado a golpes, claro, humano (con pija, con mierda, con semen, con belleza), nuevo. El libro habrá de ir degollando, largará un vómito punk, pero detrás de todo, se saca un antifaz y dice: "bueno, listo, ahora sí, empecemos". Detrás de un juego muy logrado para gritar que el rey (y que todos) estamos en pelotas de una manera necesaria y violenta, hay en los poemas unos intersticios que dejan ver una belleza tenebrosa, esos fragmentos en cada poema funcionan como la ranura por la que habrá de saltar a pura fuerza, el color, lo otro, el brillo de un espejo donde mirarnos y ver que queremos ser otros. La poesía que todo lo mejora, incluso a sopapos.

"Poemas de la pija", de Martín Uruguay Martínez. Ed. Pingüino Down. 2016

sábado, 22 de abril de 2017

"Metástasis", de Nelson Díaz

Esperé casi un año por esta novela que viene a completar el proyecto "Terminal Moebius". "Metástasis", la novela de Nelson Díaz es la tercera de una serie que se inicia con "Corporación Medusa" y que sigue con "Resaca" en una suerte de trilogía que bien puede leerse en orden y desorden, independiente o no. Es que toda la narrativa de Díaz se trata de un enorme experimento que juega consigo y con el lector.
Esta vez, Roger, nuestro querido protagonista, reencuentra algunos de los elementos perdidos en la anterior novela, quizá no esté tan solo, todavía le queda la presencia o el recuerdo de algunos de sus compañeros, los Perros Terrestres, esa banda disiente de los dogmas de La Corporación, una entidad manejada por Su Excelencia, un personaje que nunca da la cara, pero que decreta toques de queda y lemas que habrán cumplirse a rajatabla gracias a su fuerza de choque, los Largactiles. Esta vez, el mundo construido en la novela está más decadente que nunca, más marchito, mas en el horno. A la locura de cada uno de los personajes, a la pasividad controlada de los "chupamates" que habitan "Monolandia", se suman los ñeris, los suicidios, las arremetidas del colectivo Ovejas Negras, la incompetencia del Inspector Bengoa (un personaje levreriano), y el asesinato de travestis que llevan, como firma, dejar en los cadáveres una careta de Cris Namús.
El mundo personal de Roger, también está en crisis, recuerda la pérdida y el asesinato no resuelto de Paula, su ex novia, la presencia cada vez más fuerte a nivel social de su psiquiatra Faustroll, su locura.
"Metástasis" profundiza el juego de puzzle que planteara "Resaca" y, como en la anterior, las fotos, los afiches, los dibujos forman parte del lenguaje para leer la novela, los discursos cambian, los colores del texto, los registros que van desde los artículos delirantes de Vico (un personaje salido de La Diaria), y las meditaciones en torno a Bengoa. Como arte, un enorme trabajo de la Editorial Yaugurú. La novela juega con ser objeto, también.
"Metástasis" es un respiro ficcional, en medio de tanto autobombo literario donde todos contamos nuestra autovida. Una gran novela entre Burroughs y Polleri, entre Patti Smith y Darnauchans, que llega a ser muy Díaz. Se trata del final incierto de una sólida trilogía y cargada como es "Terminal Moebius". O el inicio. O el fin. O el inicio. O el fin. O el inicio.

"Metástasis", de Nelson Díaz. Ed. Yaugurú. 2017. 

domingo, 9 de abril de 2017

"Adiós a los árboles de Coal Creek", de Santiago Pereira

Un libro que se ve como un VHS. Una película de los 90'. Un primer disco compacto allá por el 92. Uno de los últimos cassettes que pusimos a rebobinar para escuchar una voz poética, anglófila, bella, que nos habló de un paisaje al norte, que nos contó una historia de cómo una década parió personajes, poetas, notas, una cierta belleza de nuestros diez o doce años. Así leí el libro "Adiós a los árboles de Coal Creek" de Santiago Pereira.
Una poética que evoca la voz de los árboles de Coal Creek, de donde salen los fantasmas de un lugar, de una época, de gente que ha vivido con nosotros desde su lejanía. El libro, a modo de epígrafes en cada poema, nos pone como hilo narrativo, los pasos de Demri, una minita on the road, que tras haber oído el disco de su novio, se larga a caminar entre los versos que el autor dibuja con admirable belleza, prolijidad, justeza. Demri atraviesa una ruta con imágenes frías, como en un film yanqui; los poemas la calientan, la alocan, la entristecen, porque las letras, como un bosque de árboles secos y helados, están allí firmes, goteando versos, historias en compacts copiados, lágrimas bellas de una era que murió, un long play que se terminó, un cassette de cinta enredada y anudada para siempre.
"Adiós a los árboles de Coal Creek" es una bella ceremonia que entierra una era, que nos entierra a algunos, y que deja un tallo verde para algo que viene, las palabras, como canciones, matan y dan vida, se despiden y emprenden un nuevo viaje. Aparecerá otra era, otros versos, otras ramas con letras.

"Adiós a los árboles de Coal Creek", de Santiago Pereira. Ed. Yaugurú. 2016.

domingo, 19 de marzo de 2017

"Pichis", de Martín Lasalt

Martín Lasalt saca una novela de la basura. Bolquetea en las calles montevideanas, se mete entre las bolsas, manosea lo podrido, revuelve y revuelve entre la mierda de una ciudad que escupe su parte oscura y, de esos tachos, saca dos personajes poéticos que llevan adelante el breve rato donde caminamos con los pichis; aparecen el Cholo y la Chola.
A partir de estos dos personajes, que son una suerte de pareja de delirios lumpen, vamos recorriendo una ciudad, un tiempo, unos paisajes que apelmazan y juntan las fronteras entre lo real y lo delirante, como si de tanta hambre, el mundo y lo concreto se nos fuera al carajo. Aparece, entonces, lo poético. La novela está inundada de unas construcciones que la vuelven poesía, poesía sacada de la basura, cartoneada entre comida descompuesta y el tiempo, el frío, la gente que pasa sin prestar siquiera sus ojos a dos personas que, quizá, están muriéndose en la calle, con la dignidad golpeada, con las bellezas roídas por los ratones de la pobreza, con el corazón al aire como única comida.
Detrás de todo, de los capítulos que, además pueden leerse de manera independiente, detrás de las figuras del Cholo y de la Chola, está el amor, el amor como la vida, el que llevan, el que mendigan. Mientras estos "pichis" se aman, la ciudad pasa, ciega, inundada, partida, congelada.
"Pichis" es una novelita del subalterno, del absurdo, de la poesía que salta de lo podrido, formada por un lenguaje que vuelve belleza aquello que es muerte, igual que sus protagonistas.

"Pichis", de Martín Lasalt. Fin de Siglo. 2016


lunes, 13 de marzo de 2017

"El miserere de los cocodrilos", de Mercedes Rosende

Una novela policial yorugua. Una novela que da por tierra toda nuestra imagen de inspectores yankies al estilo "Criminal Minds". Una novela que expone la corrupción. Una novela que pinta el imaginario de la cabeza uruguaya a raíz de ladrones, asesinos, abogados garcas, gente que mira para lo costados. Una novela que tiene un aura femenina que la envuelve, que la lleva de la mano por las calles de una Montevideo oscura, fría, con una neblina negra que la cubre.
"El miserere de los cocodrilos" tiene a Úrsula como protagonista. Una mujer con complejos con su cuerpo, con la sombra de su padre muerto que la sigue, que ha padecido esa pequeña violencia familiar que traduce estereotipos, aquello que "se debe", aquello que se muestra solo de una manera para que sea correcta. Una gorda empujada, no sin cierto gozo, a situaciones límite que la mezclan con el delito, la muerte, la mentira, el espionaje. Se trata de un texto policial donde las víctimas y los victimarios se confunden porque todos tienen un muerto en el placard, porque, quizá, en una sociedad como la que transitamos al salir a la calle, todos seamos víctimas de una situación, verdugos de otra.
El narrador de la novela juega con el lector, lo arrastra, lo guía, pero no lo sabe todo, o al menos, no lo cuenta todo. Despacio va develando algunas diapositivas que pintan el eje central del texto.
Las temporalidades varían aunque el presente no siempre responde al pasado, nos recuerda aquello que decía Sartre: "somos lo que hacemos, con lo que hicieron de nosotros", una infancia desgraciada nos puede llevar al límite, pero quizá esta adultez ominosa tenga su explicación en demonios actuales y propios. El lenguaje, por otro lado, contiene esa poética necesaria para la belleza, pero que no se separa de los ambientes grises, terrestres y burdos de los pasillos de juzgados, de los olores a muerte de las cárceles.
Entre idas y venidas, entre la soledad y lo "border", la novela de Mercedes Rosende pone, con una belleza densa y oscura, sobre la mesa que quizá todos lloremos con lágrimas de cocodrilo.

"El miserere de los cocodrilos". Mercedes Rosende. Ed Estuario. 2016